“Esta
incertidumbre crónica sobre la identidad de género ayuda a entender varias conductas
obsesivas. Tomemos, por ejemplo, el recurrente problema del matón del patio de la
escuela. Los padres nos recuerdan que el matón es el menos seguro acerca de su virilidad,
y que por ello está constantemente tratando de probarlo. Pero él lo prueba escogiendo
antagonistas que está seguro de derrotar; por lo tanto, la burla a un matón es “golpea
a alguien de tu mismo tamaño”. No obstante, él no puede, y después de derrotar
a un oponente más pequeño y débil, con el cual estaba seguro que probaría su
virilidad, se queda con la sensación de vacío que lo carcome, de que después de
todo, no lo ha probado, y que debe encontrar a otro contrincante, de nuevo uno
más pequeño y más débil, que pueda derrotar, para probárselo a sí mismo”. (Kimmel,
1994, p.6)
En
el siguiente ejemplo podemos ver como el ideal de masculinidad afecta a los
hombres que sienten que tienen que lucir de cierta manera para poder ser
considerados viriles, esta constante necesidad de aprobación es la que crea inseguridades
y por ende los sentimientos de violencia hacia las mujeres. Cuando el hombre
huye de lo femenino es porque está obligado según el modelo de masculinidad y
su formación dentro del hogar a probarse como macho en frente de todos. El hombre
está obligado a cumplir estas normas de masculinidad y a cumplir con los estándares
establecidos.
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